lunes, 16 de julio de 2012

Publicación Semestral. ISSN N° 1853-6867. Año 2. Número 4. Julio 2012.

Memoria emocional y piratería de barrio.
Be kind, rewind (2008) de Michel Gondry.

Inverosímil casualidad es que haya visto “Be Kind, Rewind” recién y justo en este 2012 a pura PIPA y ACTA, pero así fue. Cuando los sellos más grandes estaban pensando (nuevamente) en cómo contrarrestar la piratería de material en su intersección con los derechos de autor, cae en mis manos un film que mucho tiene (bueno... tuvo, en su momento -y hoy también-) para decir en torno a qué distancia hay entre el pretendido uso y circuito comercial de la obra y su destino final. Aquí, algunos comentarios al respecto[1].

"‘Sweded’ That’s right."
El microcosmos de la ficción barrial condensa ciertas tendencias de principios de este siglo, que sólo parecen culminación (término) de un período más grande, clímax previo al apagón: principalmente, la lucha entre los defensores de los derechos de autor y la libertad del usuario de hacer empleo, distribución y lo que desee con los “productos artísticos/culturales”. La película da un paso hacia atrás para saltar dos hacia adelante: tomando la tecnología VHS, de soporte analógico-magnético que permitía la edición en-cámara y la grabación-reproducción inmediata, emula la materialidad digital del arte contemporáneo que los nuevos medios pueden deformar, remixar y estallar al infinito.


"And i know robot karate..."

‘To movies with heart’
 Es interesante el planteo del lugar de resistencia frente a los comercios más exitosos y rentables, de alquiler de DVD donde, sondeo de Danny Glover mediante, se puntea ciertas tendencias de mercado: muchas copias de lo mismo, ninguna película de culto, nada de cine de autor o cine mudo. La crisis económica, el apriete de la constructora y el episodio de Jack Black imantado que sumerge en lavandina electrostática el videoclub entero disparan el ‘quiero vale cuatro’ al flujo de entretenimiento. No sólo se intenta hacer dinero en un mercado en decadencia (los clientes del local son marginales a la ‘nueva ola’, como lo es Passaic a Harlem, como lo es Fats Waller a todos los ‘nombres’ mundialmente conocidos del jazz), sino que la locura de sus gerentes temporarios lleva a re-grabar productos conocidos, cristalizados en una época (digamos, el auge de la cinematografía y su boom comercial, tomando de los 60 a los 90, siendo la cifra icónica y la primera de todas ellas ‘Cazafantasmas’), duplicando la distancia de los grandes negocios de cine: lo esperable, masivo, repetido, conocido, inoriginal y con miles de ejemplares idénticos disponibles.


"The past belongs to us, and we can change it."

Como los nuevos coletazos por los suburbios de las viejas vanguardias, inversión irónica de la ‘reproductibilidad técnica’ de los productos en serie, éstos se hacen irrepetibles, y su revalorización arrastra el cambio del sistema. Repercute en el balance comercial del videoclub y de qué hacen los espectadores con las películas. El cine deviene objeto-único, original cuyo combustible es la creatividad clase B de un huérfano cinéfilo y su amigo paranoico que duerme en un trailer envuelto en aluminio; dos para quienes el único motivo de llevar adelante esa empresa es un cierto afán banal de fama de barrio, la continuidad del negocio sumada a la fidelidad al cliente. Resumidas en todas ellas, la conservación del local, del edificio y de la clientela con nombre propio.

Con esa distancia y en ese contexto, tanto más loable por desinteresado que el simple consumo que puede hacer cualquier internauta, se reescribe la figura del nuevo consumidor. Mejor, del usuario. Ya no es hora de productos certificados en serie. Ocurre un momento, invisible pero que se percibe de a poco, donde el uso es rey, dictamina tendencias y se lleva por delante las formas de la ley. Todas las normas que se le puedan oponer estarán contrarrestadas por hordas de jóvenes, y cada vez más viejos, que hacen uso. Ya encontrará el mercado qué vendernos, aparte de una conexión a Internet, computadoras, insumos, electricidad y miles de ilusiones en banners, pop-ups, pop-unders y pop para divertirse. Somos testigos (y a menudo inconscientes actantes) de la tenue crisis de un paradigma: el arte y los artefactos, su copia controlada, indiscriminada, y los derechos de autor.

La película difícilmente se proponga eso, mas sí hace hincapié en la (re)creación del mito de Waller como jazzero nacido en el edificio que ocupa el videoclub. La historia, que se revela como una mentira que se le dijo al pequeño Mos Def para alimentar su fantasía infantil, es, por 'voto popular’, asumida como cierta y se graba el documental del nacimiento y vida del músico. La película, en la que participa todo el barrio, es dirigida por la dupla protagonista y, desde luego, grabada sobre las advertencias del FBI en cassettes de ya ignotos films. La comunidad agencia una identidad por encima, debajo, entre y a pesar de las ramas de la enredadera legal de la industria del entretenimiento y la veracidad de los documentos. Si un pasado tiene función de amalgama, ese funcionamiento presupone un uso como apropiación, abducción, y no incumbe más que a la conciencia su origen, materia o destino.


Michel Gondry, el director, que 'sweded' él mismo eltrailer de la película, incentivaba desde su página oficial a que los espectadores hicieran lo mismo y enviaran sus versiones.


When you're walking down the street
and you see a little ghost
what you gonna do about- ? ¡Ghostbusters!

Gondry parece intuir sabiamente un final indecible: la película se nos aleja, nosotros somos separados de ella. La comunidad del pequeño videoclub y una concurrencia inesperada en toda la calle son los asistentes al estreno de la nostálgica y cómica película sobre Fats Waller que se hace conscientemente pasado común, mentira y mito deliberado que nuclea y aúna. En un desfile mudo de sólo aplauso, los demoledores del edificio, los concurrentes y el Sr. Fletcher se nos desprenden como un cuadro finalizado, en otro de tantos aciertos que tiene la película de no repetir-y-cansar: así tenemos a Jack Black haciendo de imbécil lo justo y necesario, la música que amaina a tiempo para que no cale el melodrama, y, especialmente, ningún final feliz. Sólo el cine mudo en blanco y negro a través de la ventana de ‘Be Kind, Rewind’ y la ciudad de Passaic riendo con él, con Waller y con ellos.

¿Qué es lo que queda de esta película? Se pegan, como imanes en la heladera de la memoria, tanto los remates condensadores al estilo “To movies with heart” como Jack Black cantando una imposible versión de la canción de los Cazafantasmas. No se puede pensar otro homenaje (ni otra manera de observar, pasar, sentir) que repetirla, pervertirla y deshacerla hasta que sea propia. Lo dijo el poeta. Violamos todo lo que amamos para vivir.

* [1] Esta reseña se empezó a escribir en el verano del corriente año.

***
Fugaces artificios de senderos que se bifurcan.
Sobre un influjo vanguardista en Ficciones de JLB.


“Ficciones” presenta procedimientos que continúan algunas de las operatorias vanguardistas de Jorge Luis Borges en dos aspectos: la vinculación con la tradición y la redefinición de la relación arte-vida. Rápidamente se rastreará cómo aparecen y operan en determinados momentos las nociones de “jardín de senderos que se bifurcan”, es decir de laberinto, y de “artificio” en el libro de 1941, “El jardín de senderos que se bifurcan”.

Por un lado, podemos entender el título como una clave de entrada. Así, los cuentos integrarían ese virtual jardín que efectúa una multiplicidad de laberintos. El libro ensaya muchos, enhebrando una variedad de paisajes, tópicos, referencias y estilos propios de diversas regiones y tradiciones: la argentina de Buenos Aires del 40’, la literatura del Siglo de Oro, Oriente Medio, China, la literatura inglesa del siglo XIX, etcétera. Esta apropiación de gran amplitud de temas halla referencia en dos aspectos de “Pierre Menard…” Por un lado, tenemos la crítica a la incorporación burda de lo ajeno desde la ironía absoluta de quien pretende escribir un texto idéntico, y logra, en voz del narrador, una lectura reveladora:

“Redactada por el ‘ingenio lego’ Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe […] La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa.” (Borges: 481)

Por otro lado, se halla el germen de la idea que se efectúa en los cuentos de Borges: “Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será” (482). 
Esto impone recuperar el posicionamiento del Borges ensayista en torno a la discusión de la tradición, que es el de ensayar todos los temas, aspirando a todas las tradiciones, y no a una particular de una región, nación o cultura. Así “La biblioteca de Babel” podría verse como la metáfora de una lectura virtual de ese todo con la creación de una biblioteca que contiene todos los libros. El narrador protagonista trata de discernir su verdad, pero como toda combinación es posible, todo libro halla su refutación. “La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma”. (505). 
El laberinto se produce por, antes que la profusión, la falta de límites. Como se ve en el cuento “El jardín de senderos que se bifurcan” el enigma es la condición del laberinto, así como de la adivinanza. El enigma aquí se genera en la intersección entre la condición finita del bibliotecario y la eternidad que se especula es característica de la biblioteca. Finalmente, podría entenderse ése como el último laberinto, que supera al hombre, no por concentración o dificultad, sino por extensión, como propone la historia de “Los dos Reyes y los dos laberintos” (en El Aleph):
“’Ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el [laberinto] mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer […]’ Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en mitad del desierto.”

Esta idea de laberinto también se juega en la desintegración de la realidad como un azar incesante en “La lotería en Babilonia”: “Otra [conjetura], no menos vil, razona que es indiferente afirmar o negar la realidad de la tenebrosa corporación, porque Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares” (493)
Así, la idea de adoptar todos los temas, “leer todos los libros”, es aludida como una apertura a un horizonte extenso, que constituye un laberinto.
En lo que atañe a la idea de “Artificio”, incumbe a este momento del análisis observar algunas de las articulaciones entre realidad y ficción en los instantes en que se traspasa la frontera entre una y otra. "Las ruinas circulares" presenta la idea de un hombre que pretende soñar un hombre y que él mismo se descubre sueño de otro, ficción ajena: el creador se descubre creado. “Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo” (487). Luego “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, definido por el autor como cuento fantástico, presenta una invención que irrumpe en la cotidianeidad del narrador, compañero de Bioy Casares en una Buenos Aires verosímil. Esa ciudad y esos personajes son testigos de un hallazgo que transforma la ciudad: 

“El contacto y hábito de Tlön han desintegrado este mundo […] Una dispersa dinastía de solitarios ha cambiado la faz del mundo” (474).

"Examen de la obra de Herbert Quain" plantea, como dice Borges en el prólogo, el comentario de una obra inexistente, antes que su ejecución. Esta nota sobre libros imaginarios menciona que uno de éstos inspira un cuento: “De […] The Rose of Yesterday, yo cometí la ingenuidad de extraer “Las ruinas circulares”, que es una de las narraciones del libro El jardín de senderos que se bifurcan” (498). 

Así, la ficción engendra una ficción que en rigor alude a un plano “real”, en tanto una serie de referencias direcciona la referencia de la identidad de ese narrador al autor del cuento, el propio Borges. De esta manera, los planos de realidad y ficción se superponen y confunden. Toda realidad puede ser en verdad una ficción que ignora su condición... “¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza…?” podemos preguntar también con el autor de Ajedrez.
Esta idea se para en el eje arte-vida para poner en duda los límites de ambas. Las deliberadas referencias a una Buenos Aires cotidiana y tangible coexisten junto con la abolición de la distinción entre realidad y creación: la relación arte-vida se resignifica sugiriendo que todo lo real puede ser un artificio que se ignora. Y esa incertidumbre se insinúa cíclica e incesante, lo que es otro laberinto por su condición de infinita.
La adopción de la tradición universal y la naturaleza cíclica del potencial “artificial” se articulan ambas así con la idea del laberinto extenso, infinito, que excede al hombre no por intrincado, sino por vasto. Así se plasma el programa vanguardista de Borges en ciertos procedimientos en estos cuentos.
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Borges, Jorge Luis. Obras Completas I. Buenos Aires: Emecé, 2010 [1974].


*





¿Arte que ataca? Las tres dimensiones de Capusotto y Saborido.

¿Quién resistirá…

Había que ir a ver la película de Capusotto libreta en mano.
Unos cuántos rusos y el post estructuralismo enseñaron que los artísticamente imprescindibles períodos de crisis, donde parodia y sátira estallan, son aquellos donde convive la efectividad de lo viejo y una reflexión que presupone el desarme de sus mecanismos, creando otros nuevos. Asistimos con las tres dimensiones capusotteanas a un fenómeno análogo, con una vuelta de tuerca: un intelectual operando directamente sobre el espectador, gritando una y otra vez lo que éste hará cuando abandone la sala y regrese a su casa.

De ningún modo se extrae de la película un llamado a tomar el fusil y atacar desde el monte, pero sí hay que reconocer una programática búsqueda de desarme de los tornillos que mantienen la vida del argentino promedio ajustada al aparato (todo aparato, también de TV).


Rótulos.

La película lleva a pensar en qué lugar ocupa en toda la caterva de casilleritos que ponemos a las cosas con las palabras. El rótulo de obra de arte me gusta porque despertaría discrepancias por la circulación de los productos capusotteanos en la red de redes y sus vías no tradicionales de difusión, y así su éxito de difícil mensura. Por otro lado, un programa basado en el formato del sketch y la sátira absurda e irreverente podría aceptarse no fácilmente como el gran proyecto/operación de una suerte de “intelectual orgánico”. Pero si pensamos en que el programa se inició con Mimo Páez y una pila de videos de rock hasta llevarnos al cine para que Rivas nos confronte con la mediocridad y tibieza del argentino promedio durante noventa minutos, parece todo parte de un plan orquestado para que el anzuelo se trague profundo.
Pero por otro lado, el progresivo éxito del programa hizo que, estimamos, Capusotto/Saborido se encontraran dueños de un artefacto que no esperaban ni habían planeado desde un inicio. Y siguieron un camino que les fue natural, hibridando su humor absurdo y críptico con progresivas dosis de crítica. Hasta esto.


Proyección pura.

Este cronista no quedó íntimamente confortado con la película. Lejos de ser acomodaticia y dejar ese sabor a triunfo chispeante del cinismo y superioridad con personajes satíricos como Pomelo, Bombita, Micky Vainilla o Jesus de Laferrere, estructura sus núcleos con Violencia Rivas, tímido pero existente alter-ego de -un poco- todos los espectadores. Pomelo queda como un soso canapé bajativo, poco aporta en esa estructura. En la última entrega del gran libro de Capusotto y Saborido, la mirada es acción y es “hacia adentro”. No hay pregunta desconcertada sobre quién es uno, no hay divague de culto, no hay interrogación ácida y críptica sobre cómo es el gen argentino, qué hará de su vida la clase media apaleada bla bla bla. No: pura proyección. Un vuelco a la viñeta-espejo sin filtro. Violencia entrando en moto en un “colcenter”, Violencia doblándose el tobillo en el choque de avión contra la antena de tv, Violencia cascoteando a un alguien que escucha música al mango en un auto.
Puro acto, Violencia.


… cuando el arte ataque?

Como asegura otro cronista (y que creo que fue publicado en ñ, pero no recuerdo así que si lo quiere busque, que si usted entró acá para leer también puede usar gugl), al igual que sucede a Capusotto, el éxito de la nueva comedia estadounidense de Zoolander reside en que actor, guionista y director internalizan las líneas de tensión que atraviesan al personaje. Ese ‘tipo’ representativo no es objeto de burla, el ‘moking’ que excluye y amplía los abismos entre las personas y su moderna y cosmopólita distancia crítica. Contrariamente a eso, Miki Vainilla, Ron Burgundy y Derek Zoolander hacen eco de un caleidoscopio discursivo, en un crisol tipo-sociológico que, como la bola de espejos, puesto a girar reflejan acaso la imagen de quien lo mira hipnotizado; el personaje se aborda, no se imita; se lo encarna, no se lo copia. De allí proviene esa molestia en el abdomen, esa risa-mueca que nos dejan las tres dimensiones de Capusotto y Saborido. El cuerpo no se decide entre continuar el estado de risa o ceder al latir acuciante que se alimentó en la hora y pico de película. La caladura se forma en lo siniestro de reconocer la propia voz en esa sátira de lo que vemos como opuesto. Miki Vainilla es terrible porque es cierto[1] y existe como potencial latente en dichos que oímos de nuestros vecinos, parientes, amigos, colegas. Conocemos a este cantante pop por el mismo efecto de movimiento; es un imán-polaroid de fragmentos que percibimos en su totalidad. Lo albergamos como un déjà vu, y durante los pasos que nos alejan del cine tememos serlo en momentos en que estamos distraídos haciendo otra cosa.

Nos sabemos, sí, Violencia Rivas. El film, acaso como capítulo de cierre de la saga, la enclava en su rol de tumor que resiste y no calla. Es indoblegable, y grita a la pantalla qué estamos haciendo nosotros doblegados, menos como reclamo que como suspiro, pregunta, resignación.


Después de todo tú eres la única muralla…

Como corolario destacable, la solución más fácil y tirabombas es también parodiada. “Hay que ir a prenderlos fuego a todos esos…” Rivas se tuerce el tobillo, de nada sirve el avionetazo y todo sigue igual. Somos, quizás, como esas figuras de sketch, una concatenación de cuadros, parte de un todo que alberga cada parte en potencia. La pregunta que supone este cronista es ¿qué hacemos con todo eso que nos grita -la película- adentro? Peter Capusotto y sus Tres Dimensiones hace ineludible no asumir un cierto desengaño 2.0; queda sólo romper los límites de la viñeta.

[1] “It’s funny ‘cause it’s true!”

El actor alertando por la fuga de mascotas...


*

Epitafios publicitarios para un libro o su autor.
El club Dumas, de Arturo Pérez-Reverte.

- Cuatrocientas cuarenta páginas para ver cómo un hombre puede estropear demasiadas oportunidades de salirse de la senda de hacer un mal libro.
- Nunca entendió de qué iba la cosa. ¡Y eso que era su propio libro! Lea aquí por qué.
- El Club Dumas, o "Cómo equivocarse con todo éxito".
- El Club Dumas: por si usted no entendió El nombre de la Rosa o se aburrió con ella y quiere algo fácil y con la suficiente cantidad de alegorías de saldo para hacerle sentir que leyó "algo en serio", "porque allí constantemente se habla de libros que a uno ni le suenan".
- Dieciséis capítulos que atacan su capacidad de discernimiento y resistencia en busca de ser clasificados como una novela erudita, compleja, fina.
- Busque la raíz de la creación de un personaje tan profundo, inabarcable y único que en cine lo tuvo que hacer Johnny Depp.
- O sea, ¿en serio puso una viuda, rubia, despampanante, tetona en un policial? ¿En serio?
- Arturo Pérez-Reverte: conozca al hombre que no conoció la poesía.
- Arturo Pérez-Reverte: conozca al hombre que no conoció la poesía, y escribe.
- ¡Prodigio de la ciencia! ¡Ocho kilos de cliché en un roman de sólo 189grs.!
- Vea, vea un libro con una sola idea y cuatrocientas páginas sin otras que la acompañen de relleno.
- Entre y pague la oportunidad de ver la proeza de un escritor arruinando burdamente el único desnudo de una coprotagonista femenina cuya sensualidad incluso se filtró en las grietas de su prosa de cascote y pintura para pizarrones hasta que arriesgó sacarle la ropa.
- 230grs. de celulosa de segunda con lugares comunes de tercera.
- Llega un drama para toda la familia: el libro que quiso ser dos historias y no fue ninguna.


( Eventualmente el redactor es detenido por la policía a pedido del gerente de edición; el mismo se rehúsa a abandonar la oficina mientras trata de alcanzar un libro con el que, previo a la llegada de las fuerzas del orden, se dedicó a aporrear la mampostería del lugar, buscando ostensiblemente dañarlo)[1]

[1] Al libro.

*

miércoles, 4 de enero de 2012

Publicación Semestral. ISSN N° 1853-6867. Año 2. Número 3. Enero 2012.

Vericuetos de una traición.
Traducción de Gagging order, de Radiohead.


    Orden de silencio.

Sé que estás pensando…
no soy tu propiedad.
¡Qué importa qué decís!
¡No importa qué decís!

“Proseguir, no hay nada para ver”.
“Sólo un cuerpo, nada para ver”.

Dos más al desayuno,
un té para los tres
para bajar un cambio,
para bajar un cambio.

“Proseguir, no hay nada para ver”.
“Sólo un cuerpo, (di)suelto en el andén”.

“Proseguir, no hay nada para ver”.
“Sólo un cuerpo, nada para ver”.

“Proseguir”
*

La traducción, que encaré como juego, me presentó el típico problema de la métrica; algunas licencias fonéticas al cantar sortean con, espero, cierta suerte las asperezas de una versión que, al hacerla, me trajo aparejado el asunto de los significados, o el sentido, más bien, de todo. ¿Qué era eso que cantaba, que me pulsaba a seguir tocando en mi mente cuando caminaba por alguna avenida llena de gente, como un mantra? Algo había con esa especie de (reponía un contexto que nunca hubo) víctima licuidificada en el asfalto, de contornos delimitados por tiza, como un muro de contención entre su deceso impensable, inesperado e imperiosamente censurable, y la realidad de la urbe inglesa, fría, atestada, implacable. Urbe que, como todo lo otro en la canción, no había yo conocido. Todavía no sabía de qué hablaba. La canción. Ni yo.
Re-hacer comporta una direccionalidad, uno es un punto que deviene vector, así ese vector tenga la fisonomía de una telaraña. Hay que definir. Se. El tea, el ‘move along’ y su difícil pareamiento con la primera estrofa me remitió a ese procedimiento tópico del que Radiohead hizo su marca registrada en OK Computer: la cita de discursos. La parodia[1], podríamos decir en términos que ningún teórico de la parodia aceptaría, empleada como collage: el corte y pegue que disloca un contexto y genera otra lectura. Cítese por solo ejemplo “Fitter Happier”, suerte de decálogo del buen yuppie ‘cantado’ por una máquina con piano tétrico y una pared de gasa sonora opresiva generada por computadora; el tema evoluciona de los esperables lugares comunes de una propaganda de tónico capilar o complejos multivitamínicos para la memoria, hasta una síntesis (tan retorcida como la partitura del tema) del sujeto sujeto por la big maquinola (a pig in a cage on antibiotics).
Quizás “Gagging order” era eso, otro collage de discursos. Gag order finalmente se me tradujo como una orden (legal) para callarse: una mordaza jurídica[2]. Terminé imaginando unas viñetas dibujadas donde una primera voz replicaba a una segunda por esa orden. No me digas que me calle. Un policía que custodia la escena (¿del crimen?) comanda a una hipotética masa que continúe con su vida… no hay nada para ver ahí. Pero por supuesto lo hay, hence the gagging order.
La otra estrofa es y no es la señora del café de la esquina, que acaso ha presenciado la escena, ahora tapada por cintas del cordón policial. Continúa. Han llegado invitados y no se hará otra cosa que tomar el té[3] luego del exabrupto en la tarde. Té, pienso, como cifra icónica de una costumbre. Té como sinécdoque de lo inglés.
Desde esa esquina quizás todavía se vislumbra entre el tumulto algo de esa escena turbia y oscura. Por un resquicio se entrevé ropa, un brazo, marcas de tiza en el piso. ‘Sólo un cuerpo deshecho en el pavimento’.[4]
Está bien, solamente es eso, hay que seguir tomando el té[5].

La canción se construye sobre una afinación particular (Do, sol, do, sol, si, re) de las seis cuerdas. Ésta permite tocarlas ‘al aire’ produciendo un acorde de Do mayor con una séptima mayor y una novena. La guitarra parece rehuir de toda disonancia, propiciando la armonía placentera, casi otoñal y arbórea del sonido como un colchón enorme. Con ese punto de partida, la melodía no huye y reposa en ese principio, jugando hasta caer finalmente en Sol. Como esas cinco de la tarde, como el olor del té, es ajeno a todo ese mundo el crujido de carne y huesos. Se impone una orden de silencio. La voz que gritó algo allá al principio es callada finalmente por la formalidad legal y tapada por las voces. La mesa con el té, los mandos que ordenan proseguir, un acorde abierto, gigante que abraza todos los rayos de la tarde y el sol: superficies de un placer (ahora, siniestro) cómplice de una trama por la que se filtra la sospecha de que somos ‘el triunfo del plan de alguien’[6].



[1] Pensada como πάροδος, contra-canto, un canto otro del primero.
[2] Alguien me confía, aquí cerca, que personas como Moria Casán suelen emplear (ella, seguida y enfermizamente) la expresión ‘bozal legal’. No espero ampararme en ninguna nomenclatura oficial, solo espero que se entienda el término.
[3] Gratuito guiño sodero para la multitumbre.
[4] “Just a body pouring down the street” emplea el verbo referido al servido del té (to pour tea). Subrepticiamente, la muerte empaña un poco las teteras. O bien, el té ahoga finalmente el mal recuerdo.
[5] Es impensable que una señorona inglesa “baje un cambio” (con esa selección léxica); no resulta descabellado en boca de una paqueta cuarentona rioplatense que quiere fingir distensión luego de un incidente que mejor no manche la tarde.
[6] Cf. Meeting people is easy (Grant Gee).
[7] Como última nota, añado que la versión no fue hecha más que para cantar. Con guitarra. Todo se subordinó, en última instancia, a eso.



***


Como si oyese música en el último disco de Fito Páez. 
Sobre ‘Construcción’ (Canciones para Aliens).

No es fácil escuchar hoy a Fito Páez si el primer álbum musical del que uno tiene memoria en la vida es ‘El amor después del amor’. Menos contando que, junto con Serú Girán, Spinetta y otros jóvenes destacados, fue también con los primeros seis discos de Páez (esos que podían contener, en “segunda línea” de difusión, Carabelas nada, Tatuaje falso, Alguna vez voy a ser libre, Dejaste ver tu corazón, Fuga en tabú, Canción sobre canción…) que la década del ’80 desarrolló los músculos del cuerpo que hoy trata de escucharlo (cuerpo de alguien que, cuando nació, sonaba nuevo en la radio ‘Instan-táneas’).
Por lo cual encontrar un disco que de pe a pa (del latín ‘de pe a pa’) el común de la gente llamaría “esuchable” de parte de este señor merece cierta consideración.

Paréntesis. No se va a entrar aquí en la disquisición sobre las joyas ocultas entre la porquería en discos como ‘Rodolfo’, ‘Rey sol’ o ‘El mundo cabe en una canción’. Las hay, disfrutémoslas en silencio. Y punto. Fin de paréntesis.

“Canciones para aliens” propone algo que Páez viene haciendo, esperable en una persona cuyo árbol de melodías va quedando seco y ya sólo da vestigios mohosos de la carnosidad turgente y roja de antaño: el cover. Cover, palabra horrible para “versión”, que junto con break, locker, drink va sodomizando lenta e inexorablemente nuestro rioplatense.
De inmediato resuenan las palabras del local Alfredo Di Florio, figura perenne a la Rock and Pop Beach: “Mar del Plata es una ciudad llena de bandas de covers”. Pero este cronista disiente, y se propone explicar por qué (en un ejercicio que puede hacer un niño de no mucho más que cuatro o cinco años) escuchando el disco de Páez. O ciertos temas del disco de Páez. Poniendo oído a uno y otro fenómeno concluimos rápidamente: una versión de un tema es lo que hace Páez con, por ejemplo, ‘Las dos caras del amor’ o ‘Construcción’. Y Mar del Plata es una ciudad de imitadores.

En Canciones para Aliens Páez hace muchas cosas, que en promedio le salen muy bien. Enfatiza sus puntos fuertes y maquilla los flacos. Hace justicia a la versión Bowie-Jagger de “Dancing in the street” en dueto con Juanse, a quien dada la naturaleza ochento-pop del tema sólo habrá conseguido porque junto al camaleón cantaba (y bailaba, no nos olvidemos de que bailaba) el líder de los Stones, y si lo hizo Jagger cómo no lo va a hacer Pomelo. “Rata de dos patas”, infaltable ranchera para sacarse la rabia virulenta en cualquier parranda de 2012, añade a teclados e influjos orquestales casi de música incidental a la larga diatriba que es la simpática letra de Toscano. “Las dos caras del amor” pasa a segunda voz lo que era una plegaria en primera. Sería imposible pedir (-le a Paez) que se atenga con rigor a los ceñidos espacios de la métrica en la que la proporción casi monosilábica del inglés dice tanto y tan cómodamente (de todos modos, como con los Beatles, este cronista piensa que si tradujéramos íntegra esa letra -y otras- al castellano terminaríamos acurrucados escuchando Muchacha, Eiti Leda y nada más). Sólo se objetaría a la versión la forzada línea ‘verás el amor’, que aparte de sonar barata y querer emular –rústicamente- el sonido final de ‘somebody to love’, no rima y cae en el vacío. Por demás, la libertad del enfoque la hace suficientemente nueva para no suscitar comparaciones que la precipitarían hacia la nada inicua. Su punto alto acaso sea Páez haciendo el cerrado eslalon vocal final cuesta abajo que Mercury sortea favorecido del hecho de tener la voz que tendría dios si bajara a la tierra y cantara rock-pop de los 70-80. “Te recuerdo Amanda” merece una advertencia para quien no lo conozca; es la única oportunidad en que Páez tiene de bajar un corazón de un piedrazo, y lo hace. Con su voz en reconstitución por estas décadas, que parece necesitar una troupe de arquitectos para que se mantenga dentro de la tonalidad y no se convierta en una impretendida composición de Elsa Justel –derrape que felizmente aquí no ocurre-, logra que la ejecución medida dé una contundencia de peso inesperado a la letra y el piano incesante.

Basta.
Construcción, de Chico Buarque, por Fito Páez.

Páez y Sujatovich cambian disonancia descendente por potencia, socialismo coral por armonía arrabalera, guitarra mareada de bossa por línea de piano de herencia garciana al modo Tráfico por Katmandú / Led Zeppelin. Tomando ciertas melodías del original, bajan el tempo y le dan un color fusionado en tanguero rioplatense. Resuena Piazzolla y Buenos Aires Hora Cero, con cuerdas y vientos fuertes de ecos de adagio sinfónico.
La letra, en versión de Daniel Viglietti, constituye el retrato de un obrero suicidado en clave de crónica monótona, con tintes de mirada extrañada por la lejanía del transeúnte desde la vereda. El acecho desde el inicio de las cuerdas graves evoca un travelling lateral perentorio. Su juego esencial es la naturaleza cíclica y variativa de las construcciones. Historia repetida, repetitiva de la rutina que lo conduce a la caída. Historia de las microhistorias mínimas al descenso, juego de modificadores en juego de conmutación estática.
Una versión de la variación ilumina la otra, las palabras se tocan poco a poco como un caleidoscopio donde las puntas se desprenden unas de otras y hallan espacio y sentido en contacto. Y los pelos se erizan lentamente cuando la figura del obrero se dibuja de la mano de los modificadores que se repiten y transmutan, embebiendo de alcohol, flacidez, delirio, liviandad y muerte su caída al vacío indiferente de la calle. A contramano entorpeciendo el sábado.
La variación juega con la acumulación intensificando las líneas del cuadro, donde no hay descripciones insulsas o desprovistas de peso, porque cada atributo está signado de la gravedad que estrella al obrero en el pavimento. A contramano entorpeciendo el tránsito.
Por otra parte, lo que en la original de Buarque es un tropel de vientos y voces en ascenso desprendidos de la tónica de la guitarra con una búsqueda ligeramente volcada hacia lo acumulativo y disonante, Páez/Sujatovich trasmuta lo urbano típico brasilero en porteño (incluídos el “cri-cri” y toda la caterva de ruiditos que Astor explotaba en los ejecutantes y el uso “no convencional” al tango de los instrumentos). Las cuerdas parecen ser el pasaje al momento “Kashmir” de la canción, donde se desnuda la vocación rock de sus versionantes y la muerte toma forma de música que rememora a ‘Ciudad de pobres corazones’.

Páez decía, en una vieja entrevista previa a Giros (1985), hablando de cuál era la identidad musical argentina que él veía plasmada en su trabajo, ‘somos una mezcla concreta de muchas culturas, o sea, el mundo arjo, la berretada… y la cosa linda como el Cuchi, el Chango, el folklore, los trovadores, la milonga del sur, el candombe, y la cosa de afuera…’. En momentos donde la música de hoy parece no negar sino desconocer el bagaje latinoamericano profundo (los viejos viejos), se hace agua en un presente que no hace pie en el pasado. Hermosa y necesaria operación anacrónica la de las mejores versiones de este disco, Construcción entre ellas.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Publicación Bimestral. ISSN N° 1853-6867. Año 1. Número 2. Junio-Julio 2011.

Algunas notas sobre "Sombras sobre un vidrio esmerilado" de J.J. Saer


 “Y sin embargo, qué sencillo”
El tiempo como problema aparece en el cuento en la primera línea, a título de una mención casi pasajera, como una queja, una exclamación, que suena propia de la oralidad, en la voz de Adelina Flores. La disquisición de índole metafísica y metatextual se introduce desde un gesto que poco complejo resuena de cuanto luego se ahonda en su abordaje. Hay una búsqueda de definir un qué o un cómo sucede el devenir de las cosas, puesta en boca hecha texto de alguien a él sujeto. Si la protagonista es un ser de materia en tiempo, se halla atrapada dentro de algo que no puede dilucidar, y la paradoja parece ser la grieta entre dos líneas divergentes por la que su voz cae, derrotada la palabra (la materia en tiempo) por el enigma (explicarse a sí misma): “¡Qué complejo es el tiempo, y sin embargo, qué sencillo!”. La narración lleva adelante una evocación de momentos significativos, de alta densidad emocional y orgánica en la historia de la protagonista/narradora que se introducen sin parafernalia existencial ni marco filosófico. La reflexión sobre el tiempo, el pasado, la vida así tiene un tono, un color de cotidianeidad, de asunto en permanente convivencia con lo mundano, con la vicisitud de lo íntimo y familiar. El personaje se aleja del arquetipo, del héroe, de la alegoría, y vive; sufre de calor, de una operación, de deseo insatisfecho, y también de tiempo.


Adelina Flores trata de definir el tiempo en él atrapada. Mira desde una noción de “Ahora”, y la desentrama en una extensión donde la evocación de lo pasado cesa (“El recuerdo es una parte muy chiquitita de cada ‘ahora’”), pero donde simultáneamente el instante es experimentado como recuerdo (“el presente es en gran parte recuerdo”) y como múltiples ‘ahoras’ (“En el ahora en que me lo cortaron, ¿cuántos otros senos crecían lentamente…?”).
El texto se configura una materia lineal en la que habrá un juego remisiones entre puntos (ahoras) con distintas ubicaciones (en tiempo), batidas en una cuestión de perspectiva, es decir desde dónde se mira y hacia dónde. Si para Lönnrot una sola línea con puntos intermedios constituye un laberinto[1], Adelina Flores deambulará por los pasillos inapresables de los lugares de Santa Fe, de su historia, su sexualidad y su poesía tratando de definir el ida y vuelta de la operatoria del recuerdo mientras que pretenderá asir el instante, visitándolo, pulsándolo persistentemente. Todo hamacándose en su sillón de Viena.

“En el sillón de Viena”
El texto va del presente cuestionado como tal, esos “Ahora” sucesivos y marcados a cada momento en que se documentan (que posa la atención sobre el sillón en que el cuerpo de la voz narradora está, sobre lo que se proyecta desde el cuarto de baño), al pasado, esos otros fragmentos, esas otras instantáneas como viñetas. La anécdota de Tomatis y la “recomendación” inquisitiva sobre la vida sexual de Adelina, los bañistas en el parque del Sur, Susana y su ida al médico, el viaje a la playa y el pedido de mano de Leopoldo, la muerte del padre; se recorren en balanceo con el día terrible de enero de luz cenicienta. Como la silla en que se hamaca quien evoca, el texto se hace un pendular entre los nudos que “Dios”, dice la voz narradora, hace en el tiempo:

El tiempo de cada uno es un hilo delgado, transparente, como los de coser, al que la mano de Dios le hace un nudo de cuando en cuando y en el que la fluencia parece detenerse nada más que porque la vertiente pierde linealidad.

Como el hilo que explica el tiempo, la silla que oscila, evoca, reabordando la concepción del cronotopo bajtiniano[2] en tanto conexión de las relaciones de tiempo y espacio. Ese movimiento se constituye en materia indesentendible del tiempo. Y simultáneamente es problematizado en la metáfora del nudo en el hilo (el nudo que, como las muertes, son un incesante “ahora”) que es a la vez una reformulación de la aporía de la flecha de Zenón[3], destino de la referencia borgeana, que pone en acto la paradoja del tiempo.
Así, el texto se va marcando, como el hilo por Dios, de hitos, de ahoras que lo constituyen; su materia es tiempo.

Recuerdo. Recuerd-
El “ahora” es una punzada en medio de un todo que se experimenta como recuerdo. El tiempo es flujo simultáneo y el texto trata de asirlo pulsando el instante. Pero el tiempo huye, como una materia que nunca puede atrapar una palabra.


Es terrible, pero ese ahora, tan cercano, no es más que recuerdo; y si vuelvo la cabeza otra vez hacia la puerta que da a la antecámara el "ahora" de los sillones de funda floreada, vacíos y abandonados, y las cortinas a través de las cuales penetra la luz crepuscular, no será más que recuerdo. Vuelvo la cabeza; ahora. La sombra de Leopoldo ha desaparecido.

Si el tiempo se descompone y destruye en infinitos planos atemporales, tampoco habrá modo de atrapar lo atemporal (un ahora) con materia en tiempo (una palabra que enunciada, pasa y se va). Y el recuerdo es una suerte de acecho, un acecho que parece sencillo pero es complejo, pobre, y abrupto.

Era una noche de pleno ("contra las diligencias"). Era una noche de pleno invierno.

Como otra pista de audio puesta en el mismo momento, pero más como un disco que salta ante la rayadura de la superficie de la evocación del presente, un poema toca la superficie del texto y todo se restituye, como un salto, como un déjà vu o repetición invisible en el hilo de la memoria. El poema aflora y también produce un corte en el discurrir de lo evocado:

Volvía después de las once, con los pies deshechos; y mientras me aproximaba a mi casa, caminando lentamente, haciendo sonar mis tacos en las veredas, prestaba atención tratando de escuchar si oía algún rumor proveniente de aquellos árboles porque ("Ah si un cuerpo nos diese" "Ah si un cuerpo nos diese" "aunque no dure" "una señal"…

Ese por qué queda inconcluso, reverberando en la sintaxis salpicada de irrupciones e iteraciones, donde la memoria parece repetirse como quien vuelve sobre los propios pasos para acordarse a dónde iba.
Pero también hay un fuir, una presencia de lagunas prolongadas donde el tiempo es uno, el de la evocación. Y en la danza entre el ataque del tiempo en fragmentación y la intensidad de reflujo de ciertas imágenes, se enclava el sujeto evocante.

“Nadamos toda la mañana”
El flujo del recuerdo de la víspera del pedido de mano de Susana por Leopoldo es constante e ininterrumpido, abarca un largo párrafo donde se fijan puntos constitutivos del personaje: la soledad como resultado de una relación trunca, un triángulo imperfecto de amor con ella como tercera excluída, la fijación del bajo vientre de Leopoldo como algo siniestro y oscuro… la sexualidad sepulta en el lecho del río. No hay “ahoras” en ese momento, no hay recapturas de instantes como busca de asidero, en tanto el recuerdo es fluir perentorio al que el sujeto se abandona, sujetado[4]. Como experiencia traumática revivenciada, el tiempo pasado corre como aguas subterráneas de las que la punzada presente es síntoma[5] que reactualiza el episodio. Leopoldo desnudándose lentamente para bañarse son un barajar y dar de nuevo de materia y tiempo del episodio primigenio: ayer y hoy, aguas de río y de baño, dos tardes de verano, un mismo Leopoldo, más viejo, pero con las mismas partes blanquecinas que le revolvieron el estómago a Adelina.
Todo como un reflejo deformado, una sombra.

Puedo ver su sombra agrandada, pero no desmesuradamente, sobre los vidrios esmerilados de la puerta del baño que da a la antecámara. En este momento, únicamente esa sombra es "ahora", y el resto del "ahora" no es más que recuerdo. Y a veces, tan diferente del "ahora", ese recuerdo, que es cosa de ponerse a llorar. Es terrible pensar que lo único visible y real no son más que sombras

El recuerdo como deformación se plasma en el vidrio esmerilado es otra forma que reaborda la condensación espacio-tiempo: la vista captura una silueta hecha de no-luz, que varía en el tiempo y la forma, proyectada sobre una materia opaca y translúcida. El tiempo es una cuestión de perspectiva, que a cada plano se disloca, trastoca, y que él en sí es agente de cambio, destrucción, fijación, aniquilamiento, letargo.

Seno.
Si el tiempo se hace texto, el texto mostrará cómo el dolor se hace cuerpo. Hay un juego de lo inmaterial corporeizado.

Porque así como cuando lloramos hacemos de nuestro dolor que no es físico, algo físico, y lo convertimos en pasado cuando dejamos de llorar, del mismo modo nuestras cicatrices nos tienen continuamente al tanto de lo que hemos sufrido. Pero no como recuerdo, sino más bien como signo.

Sus baches, su irrupción temporal serán las cicatrices que como marcas de una falta, suturan dos segmentos distintos, unen haciendo textura en un lugar donde hubo otra cosa, donde hay presencia. En el cuerpo, un seno, una glándula metáfora de cariz de maternidad en la mujer; en el texto, la continuidad, la explicación, el sentido para el sujeto. Y si

Lo que desaparece de este mundo, ya no falta. Puede faltar dentro de él, pero no estando ya fuera...

se reconstituirá en el texto lo que falta estando. El texto será una cicatriz de sentido, presencia que sutura recuerdos, tiempo. No se escenifica lo que Tomatis le achaca, la falta de fornicación, sino que se textualizan (“existen”) los momentos en que no lo hizo, en que esa sexualidad se marcó carente, inexpresada. Por eso “Eso” será la palabra que designe, neutro, indefinido, ajeno, todo el cúmulo de lo no ejercido en su persona:

Vi eso, enorme, sacudiéndose pesadamente, desde un matorral de pelo oscuro

El carácter neutro se redobla en tanto la evocación deja entrever la sexualidad incestuosa


Estaba verdaderamente ("por los ramos" "de luz solar") hermosa esa tarde, alrededor de las cinco, […] dejando ver al saltar las partes de Susana que no se habían tostado al sol. No era la blancura lisa y morbosa de Leopoldo, sino una blancura que deslumbraba. Pero no piensa en eso. No piensa en eso. No piensa en nada. Mira la ciudad gris —un gris ceniciento, pútrido— que se desplaza hacia atrás mientras el colectivo avanza hacia aquí.

El presente hecho de represión se revela como la desidia de un ejercicio de lo imposible, vedado, prohibido. El otro “Eso”.

Envío.
¿Cuál es la pregunta no formulada? Si todo, bajtinianamente, es diálogo o respuesta a algo o a alguien, podría problematizarse qué incógnita devela, hacia dónde se encauza el estallido de las partículas encerradas en esa habitación de verano hacia todos sus pasados.
El envío arroja claves de lectura.

La voz que escuchamos sonar desde dentro es incomprensible, pero es la única voz, y no hay más que eso, excepción hecha de las caras vagamente conocidas, y de los soles y de los planetas.

El texto se configura, más que como una voz, como un escuchar, íntimo, interno. Se abre el juego al debate de la polifonía, la monoglosia… La exepción de lo conocido, lo rememorado de lo externo terminan por delimitar el marco de esa enunciación, como un arte poética ejercida desde lo micro.

Me parece muy justo que mamá odiara la vida. Pero pienso que si quiso decírmelo antes de morirse no estaba tratando de hacerme una advertencia sino de pedirme una refutación.

Como otro anillo más, último, el envío cierra el texto con la voz que puede completarse como hijo de esa otra, primera voz. Voz primera que hace, en el texto en tanto espacio y tiempo, un pedido, un grito, la enunciación desesperada de una palabra de sanación de vida.




[1] JLB: “La muerte y la brújula”; puntos intermedios y acaso infinitos.
[2] Ver: Bajtín, Mijail. “Las formas del tiempo y del cronotopo en la novela. Ensayos sobre Poética Histórica” en Teoría y estética de la novela. Madrid. Taurus. 1989.
[3] Que en realidad constituye tres aporías, la de dicotomía del movimiento, la de Aquiles y la tortuga y la de la flecha voladora, que se subsumen en la noción de la infinita divisibilidad del tiempo.
[4] Ciertas ideas del sujeto sujetado, que vinculan sexualidad, lenguaje, tiempo y fragmentariedad de la aprehensión de la experiencia bien podrían ser abordadas críticamente desde el aparato psicoanalítico lacaniano y desde las ideas de cerología de la escritura de Julia Kristeva. Las líneas abiertas por estas palabras en este texto no son inocentes a esa potencialidad.
[5] Como una punta ínfima de iceberg, que podríamos vincular a la idea de condensación (o incluso desplazamiento, por su carácter metonímico de ser parte de un todo) de los postulados de Lacan.



***

Sobre "Ema, la Cautiva" de C. Aira.


 Como se desarrolla en Fernández (2000, 2007), Ema, la Cautiva se puede leer en diálogo con la denominada serie rural para entenderla como un desfonde de la serie gauchesca y de los textos que establecen el marco referencial de nociones operantes y estructurantes de una cosmovisión. La dicotomía civilización/barbarie, el indio, el fortín, la frontera, el desierto, el extranjero, la campaña del desierto; tópicos, temas, zonas que son constitutivos de la tradición literaria e histórico-política argentina en el siglo XIX son reabordados por la escritura aireana. A continuación se dará cuenta de algunas de las particularidades de esta reescritura y sus efectos.
Citar las menciones de los actores y protagonistas de las contiendas políticas del período pre y post independentista sería excesivo, y baste aludir a su aparición para plantear que ese gesto ya establece una relación con el emplazamiento temporal y espacial de los hechos históricos y los cánones instituídos que desbordan “el modelo de un discurso puesto al servicio de la mímesis o de la teleología” (Fernández, 2007: 1). En el inicio de la novela, el grupo de soldados en viaje experimenta una difuminación de los atributos que el discurso histórico les confiere:

Excepto por el teniente, no se respetaban las formas, y él mismo las consideraba un arcaísmo frívolo. Eran hombres salvajes, cada vez más salvajes a medida que se alejaban hacia el sur. La razón los iba abandonando en el desierto, el sitio excéntrico de la ley en la Argentina del siglo pasado. (Aira: p. 13)

En una progresión propuesta como un continuum de intensidad[1], los soldados se desarman en su pertenencia a una facción polarizada, adoptando por grados la atribución del otro: el salvaje. El binomio sarmientino posiciona a lo civilizado en el lado de la razón, poseedor del logos y, en la tradición, homologable a quien posee la escritura y la ejerce (tal es el caso de Sarmiento en Facundo). La tendencia a entender las formas como algo frívolo por parte de quienes las deben adoptar desarma la coraza externa que actúa como resguardo y código de permanencia, resguardo y cuidado de la condición civilizada. La novela decimonónica, atravesada por el pacto de mímesis que no se pondrá en duda hasta la aparición de gestos que prefiguren la vanguardia a fines del siglo XIX, es reabordada en cuanto al marco genérico y en sus tópicos y temas. Como se verá más adelante, sus preceptos se reconstruirán mediante ciertos procedimientos experimentales.
La alusión al texto de Echeverría sugiere la interpelación a sus puntos de contacto. Inicialmente, el desierto, como se ve en la cita anterior, es identificado por el narrador como ese espacio depositario de la contratara de la razón. Más, si en Echeverría será motivo de la fascinación romántica que ambiguamente se obnubila y horroriza por su salvajismo, su crudeza, su radicalidad y peligrosidad en potencia, aquí se borrarán las barreras entre el espacio donde habitan soldados o criollos e indios. El fortín, que constituiría el resguardo de lo civilizado en ese desierto, se erige como su distinto: “su aspecto actual era el de una torre de Babel o más bien una heteróclita ciudad de juguete” (Aira: p. 23); el narrador entreve la contaminación, la falibilidad de esa construcción. Mas, mientras en Echeverría, “desierto” tiene la fuerte connotación política del espacio donde debe realizarse un proyecto nacional, en Ema… el narrador verá presencias, que se enuncian con la palabra que denota vacío y que es huella de esa tradición. Baste mencionar (en fragmentos que se citarán más adelante) la experiencia de Ema con los indios de Hual, con Evaristo Hugo.

El viaje hará eco en el pasado con la Excursión mansilleana.[2] Pero, mientras que en mansilla el viaje al desierto será motivo que marque “las huellas de los zapatos lustrosos de quien estuvo en París” (Fernández: 1996. P. 23), en Aira tendrá dos posibilidades. Una, el viaje efectivo del extranjero Duval, los diversos viajes de Ema, que se narran. Otra, la de el viaje de la narración, que se planteará como una fuga hacia adelante, un viaje de ida. A esto se alude oblicuamente en el texto:

Todo lo sacrificaban por el privilegio de mantener intocadas las vidas. Despreciaban el trabajo porque podía conducir a un resultado. Su política era una colección de imágenes (Aira: p. 151)

El narrador así hace permeable un aspecto del procedimiento narrativo de la novela: un desinterés por la relación causa-efecto, una disociación de lo consecutivo, que se rastreará en la novela por el desarrollo de núcleos o zonas temáticas que antes que retomar o reencauzar los hilos narrativos, se proyectan hacia el futuro con saltos espacio-temporales, haciendo texto donde esa operatoria acaezca. Por más ejemplo, podemos observar los intersticios entre los apartados, que muchas veces no contemplan o suponen continuidad con lo anterior, o bien el final de la novela. En todos esos casos, hay una suerte de borramiento de pacto de narratividad cronológica y teleológica en términos tradicionales, inclinándose por la ruptura y la discontinuidad:

Dormían muchísimo. Se pintaban con todo cuidado. Se sentaban a fumar en el salón abierto sobre la bahía, mirando las olas que alzaba la tempestad, y pensaban o dormían.
                                                                       21 de octubre de 1978 (Aira: p. 234)

La narración se suspende, no concluye. Desaparece la voz sin dar preámbulo o datos en torno a ese corte, y el texto termina, entendido también como un viaje de ida desligado de su pasado. De modo análogo,

Ema pasó dos años entre los indios, dos años de vagabundeos o inmovilidad, entre las cortes […] viajando siempre. […]. Aprendió el detalle más característico del mundo indígena, que era el contacto indisoluble y perenne de etiqueta y licencia. Etiqueta del tiempo, licencia de la eternidad (Aira: p. 151)

El viaje de Ema continúa a futuro y prosigue, cambiando de grupos de indios y experimentándolo como aprendizaje, absorción de prácticas y adopción del bagaje de vida de un grupo del que comienza a hacerse indistinta. Del mismo modo, Duval experimentará un cambio que lo desdibujará y hará que se reencuentre con parte de su patria cultural y modales en el fortín. Siguiendo a N. Fernández,  “en las tierras que Aira inventa, no caben los destinos inmutables […] los protagonistas parecen hallar en forma fortuita el destino inesperado que llevaban consigo. […] Nada vuelve a ser como fue alguna vez” (Fernández: 2007, p. 3)

Si ponemos en diálogo nuevamente con los textos precedentes en la serie, el llamado desierto está inhabitado, lo que quiere decir que está habitado por lo que no tiene nombre, y por eso tampoco existencia: el malón. Éste aparece sugerentemente en la novela en una instancia donde pervive la identificación de las facciones por sus atributos característicos (los indios son los “salvajes”) y se teme “un malón”, un asalto al fortín por los indios. El coronel Espina propone una tregua monetaria:

Ya todos los espectadores estaban convencidos de que era una función. Aquello debía de ser una suerte de rescate a cambio del cual los indios suspendían el malón imaginario. (Aira: p. 87)

Así se inicia su plan donde la circulación de dinero, dinero que él imprime, se instala como mediación en la relación con los indios mediante un engaño secreto a voces. Un artificio, la convención y la economía ocupan el espacio que en el programa decimonónico ocupó la brecha, la incógnita y que se resolvió por aniquilación:

-¡Dinero real! ¡Ridículo! La moneda es una construcción arbitraria, un elemento escogido únicamente en razón de su utilidad para hacer pasar el tiempo. Esos billetes los imprimió el coronel, y le basta con poner a funcionar […] la imprenta nueva que le hizo el francés. (Aira: p. 88)

*

Se traslucen en las palabras del narrador en torno a Duval ciertas operatorias visibles en la novela:

El silencio se manifestaba en todo, aparecía y desparecía […] Era su novela. Más que la acumulación en el tiempo, le agradaba considerarla un cálculo de la unidad, una precisa, lenta e inmóvil división que realizaba con silencios atmosféricos […] esa constancia duplicada, inhalación y exhalación. (Aira: p. 41)

Silencio, intermitencia, un contar a intervalos. Al hablar de la representación en Ema… se hace necesario relevar esta serie de gestos que aluden desde la voz que efectúa el texto, que en este caso observa en Duval idéntico vaivén de cuenta y silencio: su contar y el narrar también ocurren ambas en la instancia del viaje. La constancia duplicada habla de un ritmo de narración que no necesariamente presupone una forma deliberada y que no se muestra como necesariamente permanente. Así vemos los intervalos de tiempo entre los “capítulos” y los desplazamientos entre las zonas textuales que van recorriendo el escenario en que se emplaza la enunciación sin un destino puntual, prefijado. Hay un borramiento de la teleología, como antes se planteó el desarme de una coherencia lógica y cronológica.

El destino es la fuerza estética de lo incompleto y lo abierto. Luego, se retrae al cielo. El destino es un gran retirado. […] Un acontecimiento siempre es una pintura invertida de lo que no sucede. Por lo cual no debe hablarse de la existencia como de una categoría homogénea. (Aira: pp. 144 a 145)

Esta concepción del hecho, de la existencia como heterogeneidad es rasgo constitutivo de la poética narratológica de Aira. Las rupturas espacio temporales así siguen un lineamiento acorde a una naturaleza de la experiencia que es abierta, incompleta y heterogénea. El “destino” como “retirado” va a abolir la perspectiva de horizonte y de objetivo programático; impera entonces la contingencia, la casualidad y el azar. La idea en que se plasma la noción de acontecimiento implicará la imposibilidad de comprender:

La escena le resultó difícil de descifrar, no sólo por la tiniebla y las posiciones de los jugadores, sino por la perspectiva casi vertical en que la veían. […] Sólo se oía el ruido de los dados en los tableros, un sonido seco y múltiple, que parecía quedar suspendido en el silencio. (Aira: p. 75)

Logos aquí se reemplazará por azar. La contraposición de la voluntad de Ema de dilucidar la escena del juego y el golpeteo de dados que parece repetirse como sola banda sonora del libro pone en la escena breve, en la observación del narrador, la simultaneidad entre la concepción caduca de la realidad y el pacto representacional y la lógica del relato que abreva de procedimientos vanguardistas para hacer estallar la posibilidad de comprensión. No hay desciframiento porque no se puede dar cuenta de una realidad no homogénea, en tanto éste presupone tanto la posibilidad de comprender como la de que hay algo comprensible. Aira plantea, desde la fragmentariedad de los hechos que el narrador pone en palabra, la imposibilidad de reportar la realidad en términos tradicionales de mímesis y “reflejo” de una materia en otra. Antes, hay la discontinuidad total, regida solamente por el azar. Lo aleatorio destruye la pretensión del asir un sentido total y establece una lógica del relato tan previsible como una tirada de dados.

Desplegaron el tablero y jugaron. El azar, como siempre, se revelaba con intensidad especial. En cada tirada quedaba algo así como un enigma a descifrar en la siguiente, y en la siguiente era igual. Era un juego continuo y eterno, el favorito de los indios. (Aira: p. 106)

Aira pone en los indios el juego de dados como una constante que aflora en los momentos de ocio, y Ema cae ante la incógnita revelando la estructura de pensamiento que supone un virtual hallazgo de respuesta. El azar aquí muestra su cara de huida hacia adelante, otro rastro de la transparencia y los préstamos entre la entidad narradora y el modo de narrar el objeto. Un espacio vacío, una incógnita queda al azar que hace que propenda perpetua e incesantemente hacia la próxima resolución.
Así, si el azar gobierna lo imprevisible y no planificado, y la narración se posa sobre una contingencia de espacio tiempo, habrá que atender a la concepción de narrador de esta poética. El narrador, al tiempo en que es voz que constituye la historia como objeto, la describe y comenta:

La entretenían los relámpagos; eran tan impredecibles. Todo lo que recordaba desaparecía en un instante. La luz no revelaba más que su propia futilidad (Aira: p. 73)
Los miembros de los indios parecían rojos, de un cobre inflamado, los encantos tatuados en las mujeres se volvían redes en las que vacilaba la oscuridad (Aira: p. 75)

En los dos ejemplos, el narrador es productor del hecho, es su comentador e incurre en ligeras distorsiones de índole perceptiva. Es decir, refiere (si se pudiera emplear esa palabra, ya que la idea de referencia queda abolida[3]) el hecho; luego, añade valoraciones y comentarios que lo confundirían con una figura omnisciente. Pero ésta remite a una retórica de la representación tradicional; aquí el narrador es la figura que crea en su perpetuo presente, como voz rectora y fabricante, el artificio narrativo, conduciendo su objeto, su tiempo y espacio. Luego del viaje de la narración (que a su vez es la narración de un viaje), lo único inmutable es esa figura que sigue tendiente hacia la próxima tirada del azar. Y por último, el narrador presenta distorsiones en lo sensorial, que efectúan y extreman la singularidad de una experiencia. La noción de verosímil entonces debe replantearse por este carácter de sostén único de la prosa que tiene el narrador. Si por un lado, crea y aborda tópicos de larga tradición literaria, por el otro incurre en descripciones que son trastocadas, por ejemplo, en la auscultación de la futilidad que el narrador dice que hace la luz de los relámpagos, así como la percepción de un fenómeno que hace establecer conjeturas (parecer) y construcciones metafóricas para describir la interacción de los tatuajes de las mujeres con la oscuridad.
De modo análogo, en los dos años que pasa Ema con los indios, hay una desrealización absoluta de los tópicos del desierto y el indio:

Al día siguiente vinieron a buscarla en un carro tirado por bueyes. La llevaron al palacio real […] Las dependencias y pabellones del palacio se extendían alo largo del aroyo […] y tenía algo de laberinto. (Aira: p 160.)

El indio del malón frente al fortín también contempla la virtualidad de la ornamentación ostentosa y la edificación faraónica.

El narrador, finalmente, tendrá improntas fuertes en lo que hace a tiempo y espacio. En citas y pasajes ya mencionados se observa la ruptura de la cronología y la lógica causa-efecto. Esto va a corroer todo el aparato organizativo de un devenir de los hechos encadenados por una lógica causal, y va a instaurar la sintaxis de la yuxtaposición, de la disrupción y disgresión, la simultaneidad y los saltos en espacio y tiempo de todo tipo, atendiendo, nuevamente, a la lógica del azar, cuyo repiqueteo no deja de presentarse en cada recodo del camino en que los indios toman un descanso y sacan dados y bebida. La idea de continuo se repite para prohibir la idea de adentro y afuera, antes y después; “Como se ve, el modelo de la representación se pone en crisis desde las categorías de espacio y tiempo” (Fernández: 2007, p. 3).
De este modo, en el marco de una estética del fragmento donde se proyecta constantemente hacia la siguiente vuelta del azar, habrá motivos, como el del viaje, que presentan recurrencias y permanecen.

Nuestra vida está sentada aquí con nosotros, como una cochera lapona en medio de una tormenta de nieve… La vida pasa siempre como una nube, sin tocar nada ni dejar huella. Igual que la tormenta: no deja huellas porque se repite. Cuando volvió a hablar lo hizo en voz más baja y tenebrosa, como si hubiera recorrido con el pensamiento un largo camino secreto y ahora surgiera muy lejos. (Aira: P. 119)[4]

La noción, en un inicio paradojal, de la repetición que no deja huellas, habla de cómo se articula la obra de Aira en relación con la constitución de lo nacional.

*

Inicialmente, se observa que el viaje es el motivo que se repite en la obra. La idea de la ausencia de huella puede entenderse en relación con el azar y la búsqueda de abolición de la relación causa-efecto. La idea del autor de constituir una tradición no implica el dejar una huella, sino que presupone la repetición, recreación. Así, Aira estaría tomando ciertas estructuras que operan en la concepción de lo nacional para repetir y reinventar su origen:

Duval estuvo observando con sincera curiosidad. Antes de partir alguien le había dicho que el teniente Lavalle pertenecía a una riquísima familia de hacendados, y había estudiado en liceos franceses e ingleses; informes que no lo habían preparado […] a una entrega tan intensa a las formas innumerables del salvajismo (Aira: p. 17)
Espina tiene muchos recursos. Pertenece a esa casta de bárbaros opulentos, elocuentes en transformaciones de la fortuna, siempre colmados aunque son un imán para la miseria (Aira: p. 29)

En estos ejemplos vemos la presencia de estos operantes en su plena deconstrucción por continuidad. La dicotomía entre civilizado y bárbaro se barre en tanto los actores son depositarios de ambos polos por igual intensidad. Quepa también mencionar la soldadesca deglutiendo las crías de vizcachas crudas y de un sorbo, en un acto que horroriza al europeo. El texto opera así con los huesos vacíos de los temas y tópicos de la tradición nacional: el narrador reinventa con los mismos elementos, en el mismo espacio textual, dejando las cáscaras acaso de las nociones que la gauchesca, Echeverría y Sarmiento abordaron desde la dicotomización. Lo continuo, rizomático, intenso e indistinto[5] se observa operado en la reinvención de los elementos de la tradición para refundarlos con una poética singular. La mirada del narrador así extraña el objeto y lo re-crea. Esto se evidencia también en cómo se concibe a los indios, poseedores de vastos instrumentos musicales, arquitectura, ornamentos y cosméticos:

Al quedar solos, Mampucumapuro y Ema y el niño se sintieron repentinamente exhaustos. Los invitados, con su refinamiento sobrehumano, los habían agotado. Necesitaban este silencio. (Aira: p. 111)
el príncipe llevó una comitiva desmesurada […] de músicos, asistentes, masajistas, cazadores, guardaespaldas y niños […] más la multitud de parásitos sin otra función en las cortes que dormir y mostrar sus tocados espléndidos renovados según la hora del día y la circunstancia. (Aira: p. 125)

La ostentación, la parafernalia excesiva y vacua, el mundillo de las cortes europeas aflora, nuevamente por continuidad, no trunca, sino proyectada coherentemente en el texto desde la aparición de los indios. El malón deviene textualmente un ente más próximo a la asociación con la cultura europea que los criollos y europeos. La tradición de la serie rural, el “repertorio de discursos y prácticas, fijados como sentidos en el pasado [son] recolocados y activados respecto de los contemporáneos” (Fernández: 2007. p. 1). El presente se recrea y se presenta como novedad, haciendo algo otro radical en base a lo preexistente. Esto sugiere una reconstrucción de lo esencial nacional desde la mirada a sí mismo. En el cruce entre tradición y vanguardia, que subyace a estas operatorias, el simulacro deviene real.
Releyendo las procedencias, se podría notar que Aira abandona los operantes de corte extranjerizante de la “mirada exterior”[6]. Así, la obra de Aira es, paradójicamente, específica y transhistórica (Cf. Fernández: 2007. P. 3) en tanto es única y singular (haciendo históricamente “algo nuevo” con la tradición) y simultáneamente se puede entender fuera de los límites históricos. Conjuntamente, del anquilosamiento en un bagaje filosófico de raigambre europea, Aira propone salir en movimiento sin destino, generando una imagen gque desfamiliarice y resignifique las antinomias clásicas, dando a luz una tradición desde la extradición.



Bibliografía.

Aira, César (1981): Ema, la Cautiva. Buenos Aires: Editorial de Belgrano, 1981.
Deleuze, Gilles y Guattari, Felix: Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Valencia: Pre-Textos. 1997.
Fernández, N (1996):  “Bordes, límites y fronteras: notas sobre los viajes en Mansilla, Saer y Aira” Revista Letras, N° 45, Curitiba, Brasil.
Fernández, N (2000):  “Notas sobre la instancia serial. El caso aira”, Cuadernos para la Investigación de la Literatura Hispánica, Madrid, N° 25, Enero de 2000.
Fernández, N (2007):  “César Aira: la serie rural”, en Revsita Big Bang, Internet, Montevideo, Uruguay, 2007.
Fernández, N (2007):  “Poéticas del margen: César Aira y Arturo Carrera”, Revista de Crítica Cultural, N°1, Unisul, Curitiba, Brasil (online).
___________: “Composers: Of Dice and Din”. Internet: Time Magazine. [1969] 2011. http://www.time.com/time/magazine/article/0,9171,840155,00.html



[1] Noción desarrollada ampliamente por Gilles Deleuze y Félix Guattari para oponer a las escalas discretas, y que antes de afiliarse a una concepción de estructura jerárquica opta por una simultánea, horizontal, que crece y se contamina desde lo no binario, el esquema sin centro, sino con múltiples y virtuales infinitos nodos (rizomas) que se expanden por pliegues intensos. (Cf. Deleuze-Guattari: 1997)
[2] Me refiero a Una excursión a los indios ranqueles, de Lucio V. Mansilla.
[3] No hay aquí un más allá del texto; la palabra no es alusión, anverso ni reverso de nada.
[4] El destacado es mio.
[5] Nuevamente, se hace uso de conceptos tomados de la obra de Deleuze-Guattari.
[6] Ver N. Fernández: “La serie rural”.





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Setramenta. 
Año I. Número II. Junio-Julio 2011.
ISSN N° 1853-6867.


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